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Noticia
Hacia el apocalipsis del petróleo
Yves Cochet
Fecha del artículo 5/6/2006 / Fecha de alta en Natural 5/6/2006
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  Dentro de algunos años, la producción mundial de petróleo convencional empezará a disminuir, mientras la demanda mundial no deja de aumentar. El choque resultante de esta creciente hambre petrolera estructural con la disminución de la producción es inevitable, a causa de la importancia de la dependencia de nuestras economías respecto del petróleo barato y la imposibilidad de privarlas de él de la noche a la mañana.

Lo más que podemos hacer es amortiguar el choque. Para ello esta perspectiva próxima debe convertirse desde hoy en el objetivo único de una movilización general de la sociedad con consecuencias drásticas en todos los sectores, so pena de caos. Esta anticipación está basada en el método del geólogo americano King Hubbert, que predijo en 1956 el pico de la producción petrolífera de los Estados Unidos para 1970. Y acertó exactamente.

La transposición del método de Hubbert a otros países ha dado unos resultados predictivos similares: hoy, todos los campos petrolíferos gigantes (que son los que cuentan) ven como su producción es cada día inferior, salvo en el «triángulo negro» Irak-Irán-Arabia Saudita.

El pico de Hubbert para este Oriente Medio petrolero debe esperarse hacia el año 2010, dependiendo de la recuperación de que la plena produccion iraquí sea más o menos tardía, y también de la tasa de crecimiento de la demanda china.

Los sectores más afectados por el alza continua de los precios del petróleo crudo serán la aviación y la agricultura intensiva, pues los precios de queroseno para la primera y los de los fertilizantes y también del gasóleo para la segunda están directamente relacionados con el precio del crudo.

Esto exigirá primero la necesaria flexibilidad política estabilizadora para bajar, durante un tiempo, los impuestos del petróleo cuando suban sus precios de origen. Más adelante, los transportes terrestres, el turismo, la petroquímica y la industria del automóvil sufrirán los efectos depresivos de la disminución de la cantidad de petróleo (empobrecimiento) y del consiguiente aumento de precio ¿Hasta que punto esta situación llevará a una recesión general? Nadie lo sabe, pero la ceguera de los políticos y el pánico acostumbrado de los mercados nos hacen temer lo peor.

Actualmente, esta profecía de seguro cumplimiento es universalmente ignorada, negada o subestimada. Pocos son los que miden exactamente la inminencia y la dimensión de su cumplimiento. Michael Meacher, exministro de medio ambiente del Reino Unido (1997-2003), escribía recientemente en el Financial Times que, a falta de una toma de conciencia general y de decisiones planetarias inmediatas de cambios radicales en materia de energía, «la civilización afrontará la perturbación más aguda y, sin duda, la más violenta de la historia reciente».

Si a pesar de todo queremos mantener un poco de humanidad en la vida en la tierra en la década 2010-2020, deberemos, como sugiere el geólogo Colin Campbell, pedir a todas las naciones que cierren hoy un acuerdo fundado en: garantizar a los países pobres la importación de un poco más de petróleo; prohibir beneficiarse de la penuria petrolera; estimular el ahorro energético y el desarrollo y uso de las energías renovables. Para alcanzar estos objetivos, este acuerdo universal deberá poner en práctica las medidas siguientes: cada estado reglamentará las importaciones y las exportaciones de petróleo; ningún país exportador de petróleo producirá más petróleo del que le permita su tasa de empobrecimiento anual calculado científicamente; cada Estado reducirá sus importaciones de petróleo a una tasa de empobrecimiento mundial previamente acordada.

Ni los economistas ni los políticos, sobre todo los americanos, se pondrán de acuerdo en esta prioridad necesaria obligada por la econometría física. Los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos nunca han aceptado la puesta en cuestión del modo de vida americano. Desde el primer choque petrolero de 1973-1974, todas las intervenciones militares americanas pueden ser analizadas a la luz del temor a la falta de petróleo barato. Primero fué el pico de la producción petrolera americana en 1970, que permitió a la OPEP provocar el primer choque petrolero, coincidiendo con la guerra del Yom Kippur. Los estados occidentales trataron entonces de recuperar el control y conjurar el espectro de la penuria, y lo hicieron, no por medio de la sobriedad energética, sino por la activación de los campos petroleros de Alaska y del Mar del Norte. Después, en 1979, la revolución iraní y el segundo choque petrolero permitieron a la OPEP reconquistar su posición de privilegio y las economías occidentales pagaron su voracidad petrolera con la recesión de los años siguientes.

A principios de los años 1980, y para reconquistar los cursos y los flujos de petróleo, los americanos financiaron y armaron a Saddam Hussein para que hiciera la guerra a Irán, y también forjaron, con la complicidad añadida del rey Fahd en Arabia Saudita, el aumento de las exportaciones de crudo a Occidente, con la consiguiente baja de precios. Ésto permitió el contrachoque petrolero de 1986, y con él la recuperación de la creencia occidental en la abundancia ilimitada del oro negro, y la continuación de la avidez energética hasta las guerras contra Irak (1991 y 2003).

Durante los mismos quince últimos años, los múltiples conflictos de los Balcanes tienen su origen y su solución en la voluntad americana de alejar de Rusia los caminos de transporte del petróleo del mar Negro y del mar Caspio hasta los puertos del Adriático, pasando por Bulgaria, Macedonia y Albania. La geopolítica del petróleo permite cualquier pacto con los «diablos islamistas», desde el Asia central hasta Bosnia, y también la connivencia más cínica con los terroristas, hasta el reciente viaje de Tony Blair a Libia para que Shell aumente el volumen de sus reservas. El actual proyecto americano de un Gran Oriente Medio, aunque se revista de consideraciones humanitarias y democráticas, no es otra cosa que un intento de poner definitivamente sus manos en todos los grifos petrolíferos de la región.

Más de treinta años de preocupaciones con el petróleo no han servido para que los dirigentes americanos y europeos se den cuenta de la crisis energética que se perfila a corto plazo. A pesar de lo que dicen René Dumont y los ecologistas desde la campaña presidencial de 1974, los gobiernos de los países industrializados han continuado creyendo en el petróleo barato y casi inacabable (en detrimento del clima y de la salud de las personas, perjudicadas por las emisiones de gas de invernadero) en vez de organizar la «descarbonización» de nuestras economías.

Pero el choque petrolero que se anuncia para el final del decenio no se parece a los anteriores. Esta vez la partida no es geopolítica, sino geológica. En 1973 y 1979, la penuria era de origen político, pues la causó una decisión de la OPEP. Después el suministro se recuperó fácilmente al llegar de nuevo a un acuerdo con la Organización. Hoy es la producción de los pozos lo que está en declive. Aunque los Estados Unidos consigan imponer su hegemonía en todos los campos petrolíferos del mundo (Rusia aparte), su ejército y su tecnología no podrán nada contra el empobrecimiento del petróleo convencional que se acerca. De todas formas, queda demasiado poco tiempo para sustituir un fluido tan barato de producir, tan energético, de tan fácil empleo, tan fácil de almacenar y transportar, de usos tan variados (doméstico, industrial, carburante, materia prima...), y reinvertir, en menos de diez años, los cien mil millones de dólares que son necesarios para substituir el petróleo por otra fuente de abundancia que, además, no existe.

¿El gas natural? No tiene las características del petróleo y, de todos modos, alcanzará su pico de producción mundial unos diez años después que éste, hacia el año 2020. El único camino viable es la sobriedad petrolera inmediatamente organizada por un acuerdo internacional como el antes descrito, que permita un final pronto de nuestra adicción al oro negro.

Sin esperar a este delicado acuerdo internacional, nuestros nuevos electos regionales y nuestros próximos electos europeos deberían empeñarse en alcanzar localmente los objetivos de este proyecto, organizando en sus territorios la disminución del uso del petróleo. Si no lo hacen, el racionamiento lo impondrá el mercado en cuanto los precios del petróleo suban sin parar, y después, gracias a la propagación de la inflación, el choque llegará a todos los sectores. Cuando bien pronto se llegue a los 100 dólares el barril, no se tratará de un sencillo choque petrolero, sino del fin del mundo tal como lo conocemos.

Yves Cochet
Diputado de Los Verdes de Paris, exministro de Ordenación del Territorio y del Medio Ambiente

Revista Verano 2006

 

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