Su propia naturaleza de «terrorismo mediático» lleva a que el
efecto Al Qaeda sólo pueda ser apreciado en el plano de las reacciones
internacionales reflejadas por las grandes cadenas y agencias que nivelan un
mismo «paquete informativo» para todo el mundo.
Todo el proceso de terrorismo mediático con Al Qaeda y Bin
Laden, desde el 11-S en adelante, se desarrolló en los medios de comunicación,
principalmente en las cadenas televisivas, que trasmiten en vivo las imágenes de
destrucción que a través de un ida y vuelta –feed baack– generan masivamente la
psicosis terrorista a escala planetaria.
Sin la «globalización de la imagen» a Washington y la CIA les
hubiera sido imposible crear la figura de Bin Laden como el mítico «enemigo
número uno de la humanidad» tras la voladura de las Torres Gemelas, iniciando
así la era de la utilización del terrorismo mediatizado como estrategia y
sistema avanzado de manipulación y control social.
De esta manera, las operaciones terroristas de la CIA con Al
Qaeda, con solo cuatro bombas detonadas sincronizadamente a distancia (como
ocurrió en Londres) pueden multiplicar infinitamente (casi como una bomba
nuclear) los efectos políticos y sociales de la destrucción por medio de la
difusión mediática manipulada y nivelada masivamente para todo el planeta.
El proceso de «miedo al terrorismo» es alimentado a su vez
por las grandes agencias y cadenas internacionales que se encargan de difundir
por todo el planeta, y como si fuera una novela de espionaje, versiones,
trascendidos, comunicados, cartas, vídeos con nuevas amenazas, «información
secreta» sobre grupos terroristas, pistas «árabes», etc., etc., cuya usina
matriz, en la mayoría de los casos, se encuentra en los sótanos de planificación
de la CIA o del resto de la estructura de inteligencia norteamericana, o
israelí.
Esta situación particular del «terrorismo mediático» como
arma de manipulación política y social determina que sus causas y objetivos sólo
puedan ser leídos en el plano mediático, y no en el marco del análisis político
o estratégico convencional.
Para tener algún marco referencial de para qué (y a quién)
sirvió el ataque terrorista en Londres, no basta con especular si fue utilizado
para tapar la ocupación militar de Irak, parar el tema del calentamiento global
en el G-8 que beneficia a EEUU, etc., sino que hay que analizar qué está pasando
en la prensa internacional tras los atentados, cuál es la prioridad informativa
que reflejan los titulares de las «noticias».
Tras el 7-J londinense (como ya ocurrió tras el 11-S y el
11-M) un solo tema hegemoniza la información internacional: el terrorismo.
El ataque terrorista en Gran Bretaña eclipsó los otros temas
informativos, sacó de las primeras planas a los muertos diarios de Irak,
desplazó la discusión sobre el calentamiento global, dejó fuera de foco a la
campaña de denuncias mediáticas contra Bush, paralizó las encuestas que casi a
diario mostraban el descenso meteórico de su imagen en la opinión pública
estadounidense, y se pueden seguir citando ejemplos hasta el infinito.
Después de la masacre de Londres (igual que después del 11-S
y el 11-M) la prensa internacional habla y hace hablar al mundo de terrorismo. Y
en ese contexto, una noticia sobre terrorismo sólo puede ser tapada con otra
noticia sobre terrorismo.
Y en ese punto, el análisis comienza por una pregunta: ¿a
quién le conviene que el mundo hable de terrorismo? ¿Quién se beneficia
políticamente del terrorismo, si luego de los ataques en Londres el mundo
prioriza el terrorismo sobre otros temas de información o conversación?
¿Rusia?, ¿China?, ¿Cuba?, ¿Francia?, ¿Alemania?, ¿España?
¿Qué gobierno, persona o grupo se beneficia con los ataques terroristas de Al
Qaeda? ¿Qué Estado sostiene la bandera de la «guerra contraterrorista» como eje
primordial de su política internacional?
¿A quién le conviene que el combate contra el terrorismo sea
el eje excluyente de las relaciones internacionales? ¿Qué estado convirtió a la
«guerra preventiva» contra el «eje del mal» en doctrina justificatoria para sus
invasiones militares y despliegue de bases y tropas por el mundo?
¿Qué nación se vale de la existencia del terrorismo para
alinear ejércitos y gobiernos detrás de sus propias estrategias regionales de
control hegemónico, en Europa, Latinoamérica, y el resto de los continentes?
¿A qué Estado le conviene convertir a los Estados petroleros
en «cuevas del terrorismo islámico» para luego invadirlos en nombre de la
libertad? ¿A qué gobierno le conviene que el «radicalismo islámico» amenace
constantemente con ataques terroristas y luego los concrete en blancos claves
como Europa o EEUU?
¿A quién le conviene el «miedo al terrorismo» o que los
«ataques terroristas» hegemonicen la vida social y paralicen universalmente
cualquier tema en discusión tras una masacre en un país distante? ¿A quién
beneficia que las grandes cadenas y agencias difundan durante los 365 días del
año vídeos con amenazas de grupos terroristas, «investigaciones» o informes
«probatorios» de su existencia, o «pruebas» de sus planes de exterminio
indiscriminado en cualquier país?
Planteadas correctamente estas preguntas (y por descarte de
procesamiento de información) surge que los únicos beneficiarios de los
atentados terroristas en Europa y EEUU hasta el presente fueron George Bush y el
estado norteamericano manejado desde la Casa Blanca.
Por vía indirecta (y también por descarte de procesamiento de
información) surge que, más allá de Bush, los grandes beneficiarios económicos
de la existencia del terrorismo y sus ataques, son las corporaciones petroleras,
armamentistas, de servicios, y grandes bancos de inversión de Wall Street que
abren «nuevos mercados», venden armas o se apoderan de petróleo y de recursos
estratégicos con las invasiones militares para derrotar y someter a los «estados
terroristas».
Pruebas más «evidentes» y flagrantes:
A) Bombardeo y ocupación de Yugoslavia (contra la tiranía
«terrorista» de Milosevic) durante la administración Clinton, que le permitió a
EEUU abrir una llave de control sobre los países y mercados de las ex repúblicas
soviéticas y proyectarse hacia el control geopolítico estratégico del Asia
Central
B) Bombardeo y ocupación de Afganistán tras el 11-S
(contra el «terrorismo» Talibán) que le permitió al estado norteamericano
administrado por Bush el establecimiento de un cordón militar-estratégico (bases
y tropas) proyectado sobre importantes reservas energéticas y petroleras del
Asia Central.
C) Bombardeo y ocupación de Irak (contra la «dictadura
terrorista» de Saddam Hussein) que le permitió al estado norteamericano
administrado por Bush apoderarse de las segundas reservas petroleras del mundo,
y proyectar una llave clave de control militar estratégico sobre el Golfo
Pérsico y Medio Oriente, con proyección hacia el asentamiento de las reservas de
petróleo más importantes del mundo.
En cada una de esas invasiones militares para «terminar con
el terrorismo», las corporaciones armamentistas, petroleras, tecnológicas y de
servicios del Complejo Militar Industrial norteamericano, así como los
megagrupos financieros y bancos de inversión de Wall Street, abrieron «nuevos
mercados» y cosecharon millonarias ganancias con la ocupación militar.
Durante cada invasión para «destruir al terrorismo», las
armamentistas aumentaron su flujo de ventas con las tropas ocupantes, las
petroleras extrajeron y comercializaron petróleo favorecidas por el control
sobre los estados invadidos, las de servicios (incluidas las empresas de
seguridad) concretaron multimillonarios contratos con el Pentágono, y los bancos
y megaconsorcios de Wall Street levantaron ganancias multimillonarias
financiando la «reconstrucción» de los países destruidos por los bombardeos.
En síntesis, en este circuito perverso de mercado, oferta y
ganancia capitalista, hay que encontrar la razón de la existencia del
«terrorismo de Al Qaeda», y su inmediata contrapartida: la «guerra
contraterrorista» con la que Washington justifica sus invasiones imperialistas,
de las que luego se benefician económicamente sus monopolios y consorcios
financieros internacionales.
De esta manera, queda claro que las acciones de Al Qaeda, un
monstruo de mil cabezas inventado por la CIA, y sobre cuyas redes y entramado
logístico no existe información verificable y confiable, sólo se las puede
evaluar con un adecuado análisis y procesamiento que empiece por lo particular y
termine por lo general, o sea por el «beneficiario principal» de las acciones
terroristas de Al Qaeda.
Y queda en claro también, que el promocionado
«fundamentalismo militar» de Bush, su mediatizada «obsesión» con la «guerra
contra el terrorismo», no es nada más que una cáscara encubridora de un
monumental negocio y saqueo capitalista de recursos estratégicos montado sobre
una aceitada maquinaria mediática de manipulación psicológica y aprovechamiento
militar-económico de las amenazas y los ataques terroristas.
La lógica del «nuevo enemigo» de EEUU, identificada con el
terrorismo tras el 11-S, se articula operativamente a partir de la «guerra
antiterrorista», una estrategia de dominio imperial-militar que compensa la
desaparición del «enemigo estratégico» en el campo internacional de la Guerra
Fría: la Unión Soviética.
De manera tal, que la «guerra contra el terrorismo» no es un
«capricho» pasajero de Bush, sino una política de estado del imperio
norteamericano, y una estrategia central en el marco de la expansión y de las
ganancias del capitalismo transnacional, que va a sobrevivir más allá de quien
ocupe eventualmente el sillón de la Casa Blanca.
En esa orientación, la operación psicológica-mediática con el
ataque terrorista en Londres, persigue en lo inmediato dos objetivos
prioritarios claros:
A) Parar la ofensiva demócrata contra Bush en Irak,
repotenciar su imagen pública venida a menos en las encuestas, y preparar su
relanzamiento como el reaseguro militar de la guerra internacional contra el
terrorismo.
B) Forzar a los países europeos a ratificar un nuevo
compromiso y un plan de acción «contraterrorista» en sintonía con la estrategia
de convertir al planeta en un campo de batalla contra el terrorismo, y a partir
de allí seguir justificando las invasiones militares y los saqueos económicos
del Imperio norteamericano.
Bush y los halcones son apenas una cáscara «formal y
ejecutiva» de una estrategia cuyas raíces abrevan en la propia supervivencia y
expansión del sistema capitalista que controla el planeta desde Washington.