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Noticia
Psicoterapia Corporal Energética
Fecha del artículo 16/12/2004 / Fecha de alta en Natural 16/12/2004

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Poco a poco, a lo largo de 27 años, el autor ha ido tejiendo, en su praxis terapéutica, una síntesis del trabajo de Alexander Lowen, Stanley Keleman y John Pierrakos.

Lowen y Pierrakos, discípulos y colegas de Reich, fundaron la Bioenergética, un método analítico-corporal de fuerte implantación internacional, para la disolución de las tensiones crónicas mediante la expresión emocional y su análisis. Pierrakos además, la desarrolló y profundizó con la Corenergética, que añade el acceso al core o núcleo energético del ser humano.

He tenido el privilegio de formarme extensivamente con los tres sin abandonar a ninguno, y que ellos confiaran en mí para dejarme traducir y prologar cuatro de sus libros de Proceso somático (Keleman) o para representar su método terapeútico en España (Pierrakos). Mi trabajo incluye su aportación teórica, pero sobre todo la observación directa de su forma única de ser y curar. Se mantiene fiel a los tres y lo llamo Psicoterapia Corporal Energética.

En la terapia analítica bioenergética, la expresión emocional espontánea, alentada en el recinto seguro de la terapia, permite alcanzar los niveles más profundos de la realidad somática al activar el nivel parasimpático del sistema nervioso involuntario (Reich 1933), una especie de inconsciente corporal, allí donde enraizan las instancias profundas de la emoción suprimida y sus contenidos intrapsíquicos olvidados. Con frecuencia ocurre que, la expresión espontánea y profunda del llanto u otras emociones primarias, presenta lúcidamente una imagen prístina del acontecimiento doloroso. Por eso, en la psicoterapia corporal energética no se evita el acting del llanto o la explosión de ira.

Para Keleman, el cuerpo humano es materia y energía en continuo movimiento, generando pulsaciones, vibraciones y corrientes de energía, que toman la forma de sensaciones, emociones y sentimientos. La pulsación es ese proceso rítmico y continuo de contracción y expansión que caracteriza a los seres vivos. Las emociones están hechas de sensaciones con la intensidad suficiente para convertirse en pautas de actividad que siguen el continuum pulsátil de contracción y expansión. En el caso de Araceli, un prolongado terror paralizante de su llanto y su ira en una etapa crítica de su desarrollo infantil, había creado una pauta alterada en su pulsación psico-afectiva que ahora se resolvía en la terapia.

Profesora de 36 años, Araceli mantenía un talante intelectual pero le costaba articular su expresión, haciendo pausas prolongadas. A pesar de su apariencia joven, parecía llevar en su interior otra persona fatigada. Su respiración era escasa y restringida a la cabeza y la garganta, sus piernas y brazos aparecían débiles en comparación con la cabeza y los hombros.

Llegó a la consulta por recomendación de la psiquiatra que le administraba un tratamiento con estabilizadores de ánimo. Pronto habló de cómo a los cinco años su madre la encerró con llave en un cuarto oscuro por andar corriendo por la casa. Era un recinto bajo una escalera con espacio sólo para una silla donde por fuerza tenía que quedar sentada. Dijo que estuvo allí mucho tiempo y pensaba que su madre esperaba a que llegase su padre para castigarla.

Tenía a mano una silla que le puse para que se sentara como entonces, cerrara los ojos e intentara revivir lo sucedido. Al comenzar a hacerlo, estalló en un llanto muy intenso que recordaba al de una niña pequeña.

Ese llanto era una ruptura con la melancolía depresiva que la atenazaba. Liberaba así energía acumulada en su lucha depresiva y expresaba una emoción suprimida en aquel entonces. La dejé llorar, permaneciendo en silencio a su lado y susurrando al oído que sollozara hasta el vientre.

Al remitir el llanto, le pedí que protestara pataleando en el suelo. Para mi sorpresa, lo hizo con extraordinaria contundencia, como una nueva descarga emocional de mayores proporciones. Más tarde, tumbada en un colchón con una profunda sensación de relajación, dijo que, al patalear, recordó cómo al intentar levantarse de la silla no podía andar y estuvo tres días con las piernas paralizadas en medio de una gran consternación familiar.

Según estaba, le pedí que patease fuertemente el diván con los talones para sentir sus piernas. Lo hizo con intensidad y soltura, en medio de un espontáneo entusiasmo.

Estas nuevas y significativas experiencias de motilidad en el organismo de Araceli eran producidas por su energía vital liberada de un fuerte shock muscular que había quedado grabado en su inconsciente corporal y emocional.

Algo similar ocurría mediante hipnosis en las catarsis practicadas por Freud con Breuer (1885-96), verdadero punto de partida del Psicoanálisis, como el mismo Freud declara. Pero sin duda, la catarsis y la hipnosis eran métodos excesivos en su época para un planteamiento generalizado de la psicoterapia analítica y Freud decidió cambiar el método catártico por el más civilizado de la libre asociación de ideas.

El cerebro externo, catalizador de las pautas psicobiológicas desde el embrión a la forma adulta, convalida las nuevas experiencias liberadoras de la energía bloqueada: por constituir pautas necesarias en la evolución de un organismo adulto sano (Keleman, 1985). Estas nuevas pautas sustituyen gradual y eficazmente a las antiguas defensas y se intentan desarrollar sistemáticamente en el proceso analítico-corporal de la terapia bioenergética (Lowen) y/o en el Proceso Somático formativo de Stanley Keleman (Ver Anatomía Emocional. Ed. Desclée).

A lo largo de dos años, Araceli ha seguido trabajando con su cuerpo y sus emociones. Entiende su estructura caracterial y se hace cargo de ella. Busca la estabilización mediante la respiración y el enraizamiento, la carga y la descarga, controlando de este modo su alternancia depresiva o eufórica, buscando siempre la estabilidad. Se mantiene profesionalmente en un entorno difícil, sin ninguno o muy poco tratamiento, de acuerdo siempre con su psiquiatra, que conoce su proceso psicoterapeutico.

John Pierrakos nos contaba cómo fueron invitados, por una Institución de Nueva York Lowen, él y otro psiquiatra para diagnosticar pacientes mediante la lectura del cuerpo en habitaciones distintas. Sus colegas se asombraban de la total coincidencia a que llegaron los tres en sus diagnósticos. En la Psicoterapia Corporal Energética, buscamos leer el cuerpo según la conocida clasificación de estructuras caracteriales de Lowen-Pierrakos, que desarrollan a las de Reich y Freud: neurosis del carácter oral, esquizoide, masoquística, psicopática y rígida. Esta posibilidad de ver en el cuerpo el malestar emocional y psíquico me ayudó a prevenir un posible brote esquizofrénico en un hombre joven.

A veces se presentan casos en que el choque traumático no pertenece al pasado sino al presente. Cuando llega a la consulta, Ramón, llamémosle así, tiene 23 años y vive con sus padres. Tiene una clara estructura caracterial esquizoide como podía leerse en su cuerpo tenso y ausente que no podía esconder el terror que indicaban su mutismo y rígidez de movimientos. Estaba como cortado energéticamente en la base del cuello, en el diafragma y en la cintura. La mirada era huidiza y solía contestar con un “no sé”. Había dejado a los amigos de clase porque “sólo hablaban de tonterías” y nunca salió con chicas. Pensaba que, de algún modo y algún día, llegaría a su vida la que tendría que ser su mujer.

Sumido en un estado de apatía y desorientación, había comenzado un tratamiento antidepresivo que decía no convencerle por no haber tenido nunca problemas de sueño.

El síntoma depresivo estaría bien justificado por el quiebro terrible que estaba dando su vida: después de estudiar una diplomatura técnica y trabajar como becario en el verano, había decidido cortar con esa dedicación sin saber qué haría en el futuro. Su situación se hacía aún más agobiante porque su padre, alcohólico, con quien convivía sin hablar palabra en casa mientras su madre trabajaba, tenía un cáncer avanzado en la boca.

Mi impresión, por lo que veía en su estructura psicocorporal, era que además de la depresión, podría estar en los pródromos de un brote psicótico esquizoafectivo y al que podría acercarse en las fechas próximas al fallecimiento de su padre. Siguiendo esta vez el camino de la Corenergética de John Pierrakos, trabajé en primer lugar con la máscara, esa imitación engañosa y a veces inconsciente de la realidad interior que presenta a los demás la imagen idealizada de uno mismo o bien actúa las defensas culpando a los otros de su malestar. En el caso de Ramón, la máscara era de timidez, distanciamiento y cortesía, una impostura defensiva bajo la que escondía, su terror, desconfianza y hostilidad.

De pie frente a él, sostuve con las manos un cojín que le ofrecí para golpear con toda su fuerza. Levantando los brazos, Ramón lo golpeó repetida y bruscamente con sus puños sin poder contener durante un rato la emoción y la fuerza. Le animé a permitir completamente su descontrol gritando ¡no!, mirándome y perdiendo el miedo a explotar.

Allí estaba toda la emoción negativa contenida de su furia bajo la periferia defensiva de su máscara. Aquello le ayudó a romper el hielo definitivamente y aceptar que yo conociera y aceptara tranquilamente su negatividad tapada. Le expliqué que nadie era tan bueno, fuerte o sabio como podía parecer y que todos teníamos emociones negativas debajo precisamente de una máscara que pretendía lo contrario. Pero que cualquier emoción humana, hasta la rabia asesina, al ser liberadas, dejaban en su campo de energía-conciencia un espacio libre que podía llenarse de energía nueva y transformarse en una emoción positiva o creativa.

Este episodio le ayudó a romper el hielo. Empezó a mirar a los ojos y a establecer un diálogo casi monosilábico pero confiado, caminando juntos por la sala, alternando sus respuestas escuetas con mis silencios tranquilos, mientras él se sentía comprendido y aceptado.

Pasaron unos meses y Ramón mejoraba pero el deterioro de su padre iba en aumento. Cuando comenzó unos nuevos estudios de informática, le daban dos meses de vida. Yo seguía temiendo que sus síntomas neuróticos como el terror, la perplejidad o la depresión devinieran los prolegómenos de una psicosis desencadenada por el trauma emocional de esta muerte.

Hasta que en una sesión, pocas semanas antes de fallecer su padre, a quien habían hecho una intervención quirúrgica, pudo romper a llorar. Me pareció la bendición de una lluvia cayendo después de la sequía. La emoción, -que yo no pude evitar compartir -, llegó a su núcleo energético y una pena profunda se transformó en compasión y amor hacia su padre. La energía primaria, nuclear, del amor, le dió una fuerza, un sentido y un compromiso que mantuvo hasta su muerte.

Más tarde, en su duelo, volvió a llorar varias veces. Parecía otra persona. Un día, relajándose al final de una sesión, aseguró con naturalidad sentir la presencia de su padre diciéndole: “lo que estás haciendo está bien”.

Año y medio después, Ramón sigue viniendo esporádicamente a la terapia. Terminó muy bien sus estudios y se encuentra a gusto trabajando como becario en una empresa telefónica.

En el mapa de nuestra conciencia, aparece primero una corteza, periferia o máscara que cubre un nivel de negatividad contenida, tensión, carencias, miedo, etc., que a su vez, protege a otro nivel subyacente de emociones positivas primarias. Esta capa o fondo personal incluye a su vez un núcleo, a la manera de los frutos, las plantas o la tierra misma.

La salud y la curación provienen del núcleo energético del ser humano. Nuestra energía vital, considerada durante milenios por todas las culturas con diferentes nombres: tao, prana, chi, luz astral, mónada, orgón, etc., -aún fuera de la ciencia oficial, es la misma fuerza que constituye el universo y determina sus leyes. Es la energía transformadora de Eros; la energía creadora del Sexo y la energía unificante del Amor.

Esa energía vibra, pulsa irradiando y fluye, dentro del ser humano y en su campo inmediato y tiene la facultad de unirse a la conciencia generando luz, calor y creación. Lo hace a través de nuestros atributos esenciales: la razón, la emoción y la voluntad que se localizan en nuestros segmentos vitales o chakras y que en el ser humano evolucionan hacia el conocimiento, el amor y la creatividad.

Cada uno de nosotros tiene un núcleo único y distinto, que vive en el núcleo de cada célula y forma una operación unificada de inmanencia y trascendencia, de energía y conciencia. Este núcleo encierra el misterio de nuestras capacidades espirituales. La energía acude siempre que la persona elige o intenta una opción de conocimiento, creatividad o unificación; de eros, sexualidad o amor (Eva Pierrakos). Esa energía es pura inteligencia, no tiene criterios morales, simplemente es. Es abundante, es benigna y está siempre en el ahora disponible al ser humano.

Jaime Guillén de Enríquez

Revista Invierno 2005

 

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